Sí, ya sé que hubo fútbol de Segunda División, bautizada ahora como Liga Adelante. Tampoco se me olvida que se jugaron miles de partidos de esas ejemplares categorías inferiores. Pero fue un fin de semana sin fútbol. Sin el fútbol que levanta pasiones, ese que divide España entre los que quieren que pierda el Madrid y los que ansian que pierda el Barça. Las dos España de siempre, claro. Y ¿que se puede hacer un fin de semana sin fútbol? Muchas cosas, por supuesto, pero ninguna puede sustituir a esa dósis semanal, inyectable vía televisión, que acostumbran a meterse en el cuerpo buena parte de los futboleros.

Se puede, por una vez y sin que sirva de precedente, olvidarse de los deportes, pero no es fácil para el asiduo del 'sillón-ball' o para el eterno sufridor que necesita saber que el equipo de sus amores se juega el futuro ante enemigos más o menos invisibles. Te puedes pasar al basket -el sábado se transmitió por La 2 un más que interesante Barça-Unicaja y el domingo las Autonómicas llevaron a las pantallas los equipos de sus comunidades-, pero ya se sabe que eso del basket sólo interesa al final, lo que es una forma de autojustificación que utilizan los que no les interesa nunca. Esta vez también podíamos subirnos a un Fórmula 1, pero entre el madrugón, el desconcierto de que ganen los 'malos' y la decepción de que Alonso -un año más y a pesar de la exclusivas informativas- se haya quedado sin ir a Ferrari tampoco apetecía demasiado. Además, ¿por qué debe ser un domingo sin fútbol?, piensan los más radicalizados.

Siempre nos quedan las selecciones, esas que viven de los jugadores que pagan los clubs. Se pone una bandera, una capa de patriotismo y a hacer negocio. Las federaciones encantadas porque llenan sus arcas, los jugadores pasean interesadamente su imagen en busca de contratos comerciales y los aficionados pueden vivir del fútbol hasta en un domingo sin fútbol. No es muy dfícil. Un barcelonista puede seguir en un mismo fin de semana el Togo-Camerún (Eto'o), el Sudán-Mali (Keita), el Lituania-Francia (Henry), el Paraguay-Uruguay (Martín Cáceres), el Venezuela-Argentina (Messi) y hasta un Uruguay-Brasil (Alves), el madridista puede llegar a vibrar con un Escocia-Holanda (Huntelaar y Robben) y cada equipo tiene sus selecciones. Y no hay que preocuparse demasiado por el resultado; sólo se trata de que los tuyos no contraigan ese llamado 'virus FIFA' y, si es posible, que los rivales se contagien de él. Los madridistas pueden convertirse en forofos de Togo para que no marque Eto'o y las barcelonistas ponerse la camiseta de Escocia para desmontar la ridícula campaña de algún periódico madrileño de comparar a Robben con Messi... que el propio holandés echó por tierra.

Y aún quedará siempre la 'roja'. Ahí a los seguidores de los distintos equipos les sucede lo mismo (que brillen y no se lesionen los tuyos y que todo sea diferente para los rivales) pero mejor no decirlo públicamente porque podrían ser acusados de muchas cosas. Tampoco importa mucho. Lo vital es que, aunque sin pasión, ha habido fútbol en un domingo sin fútbol. Porque ya se sabe que los otros deportes no son más que un sucedáneo para minorías raras. Por lo menos así lo creen los que no puede vivir un domingo sin fútbol.